sábado, febrero 25, 2012

El orgullo de la lengua

A Marc Crépon


José Buenaventura González vive en Teotitlán del Valle, Oaxaca. Tejedor que aún mantiene la tradición de extraer el rojo de la cochinilla y mezclarlo con limón para sacar el anaranjado y confeccionar sus tapetes que guardan la impronta de la geometría zapoteca y las grecas de Mitla. Sus tapetes guardan la memoria ancestral de recetas de colores vegetales con las cuales teñir el estambre y hacer creaciones en el telar, mezclando artes indígenas con el instrumento heredado de los españoles, que suplantó al telar de cintura e integró a los hombres en el quehacer del tejido.
José Buenaventura, recibe a los paseantes en su casa-taller, con esa hospitalidad natural de los pueblos, ha recibido visitantes de todas partes del mundo, ha sido publicado en guías de turismo de Japón, ha viajado a Estados Unidos y a Canadá para mostrar sus creaciones. José Buenaventura habla con su mujer en zapoteco y con sus hijos en español. ¿La razón por la cual ha decidido no enseñarles a sus hijos el zapoteco? Una de esas historias que reflejan las políticas de la lengua de cualquier nacionalismo que busca la homogeneidad, haciendo de la escuela y de la pedagogía, su arma más importante. Cuando el señor González y su mujer fueron a la escuela, probablemente en los años cincuenta, golpeaban a quienes hablaban zapoteco o alguna lengua indígena hasta sangrar. Por esa razón los González decidieron educar a sus hijos en español, “para que no sufrieran como nosotros” y, en el fondo, para que no fueran discriminados por no hablar el español como primera lengua.
Hace unos años, un estudiante de la universidad de California que escribía su tesis, llegó a Teotitlán del Valle para aprender zapoteco. José Buenaventura lo recibió en su taller todas las tardes y, por primera vez se sintió orgulloso de su lengua, alguien más venía a devolverle sentido y valor al zapoteco. Pero a su vez, la alegría tenía dejos de amargura, el joven californiano obtenía un doctorado por aprender zapoteco mientras que él no tenía estudios, había aprendido la técnica del telar en casa, por hablar lo que al californiano le parecía una lengua “excéntrica” no había recibido condecoraciones o reconocimientos, sino golpes.
Esta historia no es exclusiva de México, tiene ecos en los mismos años para los catalanes o los vascos durante el franquismo. En Francia, todos los dialectos e idiomas fueron desplazados en un proyecto pedagógico para cumplir el ideal republicano, en donde el “patois” o cualquier lengua que no fuera francés, fue erradicada de la escuela y por ende, de las generaciones venideras. En la India reconocen el “hindi” pero desplazaron al “urdu” que se convirtió en la lengua oficial de Pakistán, mientras que en Pakistán ocurrió lo contrario. En América Latina la situación ha sido muy parecida a la historia del Señor González. Se denomina “Hispanoamérica”, aunque en Colombia se hablan unas 70 lenguas, en Perú unas 60, en México alrededor de 50, en Bolivia 30, en Guatemala 20, en Chile 10, aproximadamente. Entre las lenguas más habladas destacan el maya, el náhuatl, el quiché, el quechua, el aimara, el guaraní y el mapuche (o araucano). Todas estas lenguas fueron desplazadas a un segundo lugar para darle al español el título de lengua oficial y lengua materna, en un monolingüismo que nunca dejó de ser múltiple. Sólo en Paraguay, el guaraní es lengua oficial a la par del castellano.
Hoy en día, el zapoteco ya no es prohibido en las escuelas, por el contrario, existen esfuerzos, como un concurso de cuento y poesía en lengua zapoteca y algunas becas para los jóvenes que desean aprender la lengua de sus padres, como fue el caso de uno de los hijos de José Buenaventura, que vino a estudiar a la capital y logró obtener una beca por hablar zapoteco, que tuvo que aprender con sus padres durante algunos meses, como lo había hecho el californiano para obtener su doctorado.
La cuestión de la lengua parece inocua cuando hoy se lee en los diarios que indígenas rarámuris han cometido suicidios por hambruna, por no tener qué darle de comer a sus hijos, por pasar cinco días en ayuno con fríos de menos 6 grados. No obstante, para mí estas dos realidades tienen algo en común: la denegación de las lenguas indígenas es la prueba de la poca dignidad que se ha acordado a las comunidades, empezando por el respeto de su identidad y de su lengua, y que hoy se traduce en una falta de respuesta de las autoridades y del gobierno, se revela en una situación en donde las comunidades indígenas de Chihuahua carecen de lo mínimo indispensable para sobrevivir.
Ha habido intentos, siempre parciales y algunas veces contraproducentes para integrar a las comunidades indígenas en nuestro proyecto criollo de nación. El indigenismo, como una manera de utilizar el pasado para fundamentar una ideología, de ahí que aún veamos en México dejos de discursos indigenistas que ensalzan a “nuestros antepasados indígenas que siempre defendieron la tierra frente al hambre de oro de los españoles”. El marxismo parecía dar un lugar a los indígenas dentro de esa gran superestructura de ideales que se vieron colapsados a finales de los 80. No obstante, había en el marxismo también una tendencia a la homogeneidad bajo el concepto de lucha de clases. Este tipo de discursos que parecían ser un paso para el reconocimiento, fueron más un pretexto que un esfuerzo de escucha y de traducción.
Me parece que historias como la de José Buenaventura, podrían ser el centro de un nuevo esfuerzo por leer entre líneas y a partir de las múltiples negaciones y denegaciones reconstruir fragmentos de nuestra historia nacional y, pensar en cómo esas políticas y pedagogías de la lengua son claros documentos de nuestro proyecto nacional y cómo ellos justifican de alguna manera la realidad de los indígenas hoy en día. Quizás, si el gobierno de Chihuahua tuviera los documentos oficiales bilingües y tomara en cuenta el rarámuri, el gobernador no se atrevería a negar los suicidios por hambre diciendo que él conoce la idiosincrasia de la “raza” tarahumara.
No es el discurso del orgullo nacional lo que puede devolverle la fidelidad y el valor del zapoteco a José Buenaventura González, sino un extranjero que de alguna manera vino a reconciliarlo con lo que las políticas de este país han desdeñado desde siempre.

3 comentarios:

Ed dijo...

En Francia, la lengua se unificó desde el siglo XVI. Es decir, la opción de la lengua "franca" frente a las demás no tiene nada qué ver con un ideal republicano. Cuidado sólo con los anacronismos - hay que revisar bien la información de base. Si no el tema del artículo es interesante.

Miriam Jerade dijo...

Sr o Señora Ed. Su referencia es la que no tiene nada que ver. Estamos hablando del ideal republicano de hacer una lengua oficial, no del siglo XVI, donde no se intentó eliminar a las otras lenguas y el francés era lengua franca. Pero cuando se hace del francés la langue de la république, se vuleve no una lengua franca sino la lengua oficial en las escuelas, en el ejercito, en el gobierno y desplaza al patois, catalan o lo que fuera, en nombre de un ideal nacionalista.

Miriam Jerade dijo...
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