“Se hizo justicia”, fue la frase que concluyó el mensaje televisivo del Presidente Obama a la nación americana el pasado 2 de mayo, cuando anunció que Osama Bin Laden, el responsable de los ataques del 11 de septiembre, había sido abatido por un comando de la CIA. La frase del Obama es muy problemática, pues conlleva una idea de justicia como venganza. Es muy probable que el asesinato de Osama no sea consecuencia de una estrategia de seguridad (aún si días después se encontraron los diarios de Osama, donde él expresó el plan de cometer otro ataque contra Estados Unidos) sino de una estrategia política y electoral, el mensaje dirigido al pueblo americano se centró en la victoria de la guerra contra el terrorismo, que el presidente Bush declaró después de los ataques del 11 de septiembre. Al ver por el festejo que tuvo la noticia en Estados Unidos, es entendible que Obama se haya beneficiado de la coyuntura, sobre todo en el momento en que la derecha conservadora ponía en duda su nacionalidad. Quizás la pregunta de fondo es por qué hablar de justicia en relación a Al Quaeda, al terrorismo y al fundamentalismo islámico, dejando de lado lo que quizás tendería más a la justicia que son las revoluciones en el mundo árabe, las movilizaciones de la sociedad civil en Túnez, Egipto, Libia, Yemen y otros países para derrocar a los dictadores, demandar un modelo político más democrático o hablar de justicia en términos de la creación de un estado palestino como respuesta a una ocupación ilegal.
En mi opinión, el asesinato de Osama responde antes que nada a un intento de erradicar el trauma de los ataques del 11 de septiembre, un ataque al corazón de la nación americana, el Pentágono como representación del poder político y las torres gemelas de Nueva York del poder económico. Desde el bombardeo de la Armada Imperial Japonesa a Pearl Harbor en 1941, una isla en Hawai, no se había producido un ataque al territorio americano. Los ataques del 11 de septiembre mostraron en ese sentido, la vulnerabilidad de la nación americana ante un enemigo difícilmente combatible, como es el caso del terrorismo, pues no pertenece a una nación enmarcada en un territorio a la cual declararle la guerra. En cierto sentido, Bush le declaró la guerra a un fantasma, informe y espectral, no porque Osama lo fuera, sino por la inflación que le asignaron al fenómeno del terrorismo, en cierta medida creado por Estados Unidos, no olvidemos que Osama fue entrenado por los americanos para pelear contra el ejército rojo. Esta inflación, como lo hicieron notar renombrados analistas y filósofos, comienza por la denominación por una fecha, haciendo que 11 de septiembre sea la metonimia de los ataques a la nación americana, como si además, los ataques fueran tan inconcebibles e incomprensibles que sólo queda nombrarlos con la fecha.
De alguna manera, el furor ante la presunta victoria contra el terrorismo es consecuencia del trauma, del miedo a su posible retorno. Un trauma es una memoria que no se puede integrar en la propia experiencia y que atemoriza con su regreso. Como si desaparecer a Osama del planeta significara asegurar que en un futuro no habrá otro 11 de septiembre, otro ataque de tal magnitud. El ataque a las torres gemelas fue terrible, y me parece un grave error que aquellos que critican con cierto odio a otro fantasma que ellos llaman “Imperio Americano”, pretendan dejar de lado a las víctimas. Los ataques del 11 de septiembre dejaron casi tres mil víctimas, entre ellas los tripulantes de los aviones que se estrellaron contra las torres, y entre los sobrevivientes, los habitantes de Nueva York que un día se encontraron envueltos en una nube de ceniza y pánico. Ningún argumento contra la política americana legitima los actos de los ataques en Nueva York. No obstante, el asesinato de Osama ha creado otras víctimas y otros deudos en Pakistan, con los dos ataques que sucedieron al anuncio de la muerte del líder de Al Quaeda. De estas víctimas se habla poco o casi nada, pues esta fue una de las “condiciones” que caracterizaron a la guerra contra el terrorismo, que habían muertes con más derecho a duelo que otras, o dicho de otro modo, que algunas vidas eran más valiosas. Esta lógica tomó su forma más perversa en Guantánamo, una isla cerca de Cuba y fuera del territorio americano, un campo de los prisioneros de la guerra contra el terrorismo, sin derecho a juicio ni a las mínimas condiciones de dignidad y que Obama prometió clausurar a dos días de asumir su cargo, promesa que no ha cumplido. Guantánamo pone en entredicho la democracia americana y lanza la pregunta sobre cómo el estado tiene un espacio fuera de la ley.
El trauma a su vez, es en relación a la soberanía del Estado americano que fue vulnerada con los ataques del 11 de septiembre. Al pronunciarse, el presidente estadounidense aseguró que Osama no volvería a caminar sobre la tierra, como si su sola presencia pusiera en peligro al mundo entero y como si con su muerte, éste se disipara.
La operación del asesinato de Osama y la desaparición del cuerpo, despertó críticas a nivel mundial y también ahí resuena la pregunta ¿se hizo justicia? Osama estaba desarmado al momento de su captura y quizás hubiese sido más acorde con la justicia, hacerle un juicio y condenarlo, como se hizo en Nuremberg con los criminales nazis. No obstante, el asesinato de Osama entró dentro de la lógica de guerra del presidente Bush, que utilizó términos tan abstractos para definirla como guerra contra la libertad, contra el occidente, eje del mal; tan abstractos como lo puede ser la idea de la justicia.
Lo interesante y a la vez, lo esperanzador, es que las últimas intervenciones de Obama y los eventos recientes en el Medio Oriente no están ni en esta lógica de guerra, ni en una idea de justicia como venganza, ni en una reacción incesante al trauma. Las revoluciones en el mundo árabe, que respondieron a décadas de censura, precariedad laboral, control militar y todo tipo de abusos, revueltas que nacieron de la sociedad civil, tampoco están en la línea de Al Quaeda, de una lucha contra el fantasma del occidente y la imposición del fundamentalismo islámico. La creación de un estado palestino, que de alguna manera, haga justicia en nombre de una historia de ocupación, colonialismo y confiscación de tierras. No obstante, el presidente Netanyahu, en su discurso ante el congreso americano, se aferró a esa lógica de guerra y de defensa del territorio, a una dicotomía del enemigo. Pero tanto la transición de los países en Medio Oriente hacia gobiernos más democráticos como la creación del estado palestino, no son eventos, sino procesos, que posiblemente no permitan una frase contundente como “se hizo justicia”, pero que tienden a ella, por una promesa de reescribir la historia de los oprimidos. La justicia es cierto, cuando no corresponde a la venganza, que es más bien una lucha de poder, resulta abstracta, es apenas una intuición que tiene que ver con nuestro reconocimiento de las injusticias. La justicia no es y no se hace con un asesinato o con un acto mediático, si bien también se asemeja a un trauma, a una memoria que no se puede integrar en la propia experiencia, pero que vuelve exigente una y otra vez.
2 comentarios:
Hola Miriam:
Te leo desde hace tiempo.
Tienes una claridad impresionante. Es realmente reconfortante ver reunida tanta lucidez.
Un saludo. Que estés muy bien.
RRS
Muchísimas gracias por leerme y por este lindo comentario. Pensar que un biólogó entra aquí, emociona.
Un abrazo
M
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