lunes, marzo 14, 2011

La excepción mediática

El caso Florence Cassez ha sido enormemente comentado y ha llegado a ocupar en las últimas semanas páginas enteras de los diarios más prestigiados tanto en Francia como en México. El primer mandatario francés lo ha convertido en una cuestión de Estado, al punto de provocar un enfriamiento de las relaciones diplomáticas. Mi intención no es hacer un artículo más sobre la culpabilidad o la inocencia de Florence Cassez, o sobre la pertinencia de cancelar el año de México en Francia, que creo que fue lo correcto pues dedicarle el evento cultural significaría poner en duda el Estado de derecho y la soberanía del país. Más bien me concentraré en lo que llamaré la excepción mediática. Excepción que se vuelve la regla. Recuerdo que en 2005, cuando recién iniciaba mi estancia en Paris, me habían sorprendido las declaraciones de un tal Sarkozy que hasta ese momento me era completamente desconocido: el ministro del Interior había provocado a los jóvenes de las zonas sensibles en los suburbios al declarar que pretendía limpiar “con mangueras de agua a presión” las calles de la inmundicia que las contamina. Pero lo que más me desconcertó en aquel momento fue que semanas después, la gente en vez de estar ofendida por las declaraciones del ministro, le aplaudía porque finalmente él se atrevía a decir lo que ellos pensaban. Me costó trabajo entender que ese acto, en vez de causar la remisión del ministro, fuera el inicio de su campaña política.
Habría que preguntarse entonces: ¿Qué nos pasa a los ciudadanos cuando en vez de rechazar actos insostenibles aceptamos estas excepciones y hasta las defendemos? La cuestión no es privativa de franceses, italianos, israelíes o mexicanos, es un cuestionamiento a las democracias actuales, convertidas en mediocracias. No es de extrañar que Sarkozy, en vista del éxito obtenido en 2005, continúe apostando a los escándalos mediáticos.
Ahora bien, la perspicacia exigiría que nos preguntáramos ¿Por qué el primer mandatario francés se ha interesado tanto en el caso de una francesa acusada en México de secuestro y tortura? ¿no hubiese sido mejor manejar el caso de manera más discreta e intentar que Florence fuera condenada por complicidad y pagase su sentencia en Francia? Me parece evidente que el escándalo mediático que ha detonado Sarkozy es parte de una estrategia electoral. Próximamente, Sarkozy estará en la contienda por la reelección y me parece que el escándalo Cassez es una manera de decirle a los franceses en el extranjero, que le podrían dar una diferencia en votos, que él está ahí para ellos, que no los olvida. Sin embargo, según las encuestas del diario Le Monde, 49.7% de los encuestados en Francia opinaron que era un error poner en duda la decisión soberana de la justicia mexicana. Es normal, están cansados de su presidente y sus teatros televisivos. De hecho, la semana que se le negó a Florance Cassez el amparo, los magistrados estaban en huelga pues su presidente los había acusado de ineptos por el caso Laetitia.
En México no nos quedamos muy atrás en la excepción mediática. Si bien es un hecho que, como lo subrayaba la nota de algún periódico inglés que leí, los mexicanos estamos cansados del crimen organizado y era poco probable que la francesa despertara empatía en la sociedad mexicana, la recreación del escenario de la captura es igualmente insostenible. Los mexicanos no pedimos la dimisión del secretario de Seguridad Pública, García Luna, ni cuestionamos que Televisa estuviera detrás del montaje de la captura, reconstruida 2 días después del arresto en el rancho de las Chinitas. No confundamos: el montaje es una falta muy grave a los derechos humanos, pero no significa la inocencia de Florence Cassez. Sin embargo, el sexenio de Felipe Calderón nos ha acostumbrado a un montaje mediático de estilo policial, llamado “guerra contra el narcotráfico”, donde las autoridades son los héroes que persiguen a las bandas de criminales y nosotros, los ciudadanos, somos espectadores y a la vez víctimas. No es casualidad que muchos franceses estén indignados porque además de que se ha comprobado el negocio entre Televisa y las autoridades, no se ha hecho público el proceso para mitigar la incredulidad. Mis amigos franceses con los que platico, sobre todo los que viven en México, no son ingenuos: no es de todos los días hacerse novia de un secuestrador. La mayoría de los lectores de este artículo, por más que crean que el narco y el crimen organizado sea omnipresente en nuestro país, no conocen personalmente a ningún miembro de una banda o de un cartel. Y es absurdo que ella no se hubiese dado cuenta, a menos que Israel Vallarta (quien ha obtenido varios amparos) saliera todos los días con traje de oficina y engañara a su novia durante varios meses, que además no escuchó los gritos de las víctimas torturadas. En nombre de esas víctimas, si las hubiera, trasladar a Florence Cassez a título de mártir, sería injusto. Puesto que ella no se declara culpable, ni Francia reconoce su culpabilidad, es imposible realizar el traslado, ya que según el tratado de Estrasburgo, se transfiere a un criminal para que pague la condena en su país de origen, en el caso de que los dos países lo acuerden.
Lo más triste de todo esto es que las acciones reprobables de García Luna y su equipo le han quitado validez a los testimonios de las víctimas. Porque es cierto que después de un secuestro y la tortura que implica, el dolor psicológico complica la posibilidad de dar testimonio. Como lo ha probado la académica americana Elaine Scarry en sus estudios sobre el lenguaje en la tortura en The Body in pain, el dolor es ya de por sí algo que se le escapa al lenguaje y que con frecuencia sólo podemos expresar en sonidos o gemidos. El dolor psicológico es aún más inefable. En la tortura se infringe dolor al cuerpo y se provoca un trauma psicológico, que hiere al lenguaje, lo aniquila. Es por ello que poner en duda los testimonios de las víctimas por contradicciones en las declaraciones es una postura poco moral y políticamente comprometedora.
Finalmente, creo que Francia perdió la oportunidad de escuchar a quienes sí tienen un lenguaje creador: a los artistas mexicanos. Después de seis años de vivir en Francia puedo decir que siempre me pareció que la cultura estaba en decadencia, anquilosada, demasiado orgullosa de sus logros pasados y con pocas perspectivas en general para que los jóvenes se atrevan a inventar en un sistema completamente burocratizado de caminos trazados. No obstante, la cultura y la creación son las excepciones a lo mediático, su oposición, sus contrincantes.