jueves, enero 20, 2011

Nuevas formas de enamorarse en un mundo digital

Apareció en Contenido de este mes, en una versión más corta. Les comparto la larga:

Nuevas formas de enamorarse en un mundo digital

– ¿Qué cuentan tus mil y un desvelos?
– Busco el tiempo perdido y no lo encuentro. ¿Tú?
– Escucho The Smiths, en Noche Vieja…este charming man pide sus deseos para el 2011.
– The Smiths, ay, esos sí que son viejos recuerdos. Qué buena rola.
– Ahí va una foto para una desconocida.
– Una desconocida que empieza el año contigo.

Es un hecho que los sitios de encuentro en Internet nos han devuelto a la escritura, a una manera de comunicar más allá de la presencia que nos permite inventarnos, crear una ficción de nosotros mismos; no porque seamos falsos, finalmente, “persona” en su etimología latina, significa llevar una máscara, ser, de cierta manera, un personaje. El amor en Internet comienza generalmente con una frase y le sigue una serie de correos electrónicos antes de la primera llamada para acordar una cita. ¿Amor a ciegas? Sí, quizás sería la mejor definición de los encuentros por la red. Sin embargo, ¿no sería ésta una ocasión para desmitificar a la escritura y devolverle la vista? Demostrar que uno está tan presente cuando escribe, aún más que cuando habla, más consciente del poder creador de la palabra.

Y aunque no todos los protagonistas de un chat tienen talento para las letras, no pretendamos esperar a Jane Austin o a Marcel Proust detrás del teclado, la pantalla concede ciertas libertades y nos reconecta con la ficción. Somos más intrépidos, más poetas, más magos e incluso más ciertos. Si bien los encuentros en la era digital tienen mala reputación y comportan la gama de peligrosos a insípidos, no es problema del dispositivo digital sino de la vida que a veces se revela peligrosa y en ocasiones, insípida.

El enamoramiento en la era digital no se reduce, a mi parecer, a tener una computadora o un teléfono con Internet; nuestras vidas no son las mismas, con las nuevas tecnologías y la comunicación hoy en día, dependemos de los dispositivos digitales que han cambiado radicalmente nuestras formas de expresión, el lenguaje se ha modificado; por ejemplo el Twitter sólo permite un número específico de palabras. La velocidad con la que transmitimos es mayor y los envíos prácticamente inmediatos. Pasamos gran parte de nuestro tiempo en la red, tanto en nuestra vida laboral como social: administramos nuestras cuentas bancarias, compramos boletos de avión, leemos el periódico, escuchamos música, encargamos el supermercado y hasta adquirimos ropa en Internet, ¿por qué no buscar el amor ahí también?

La ciudad es un escenario de personajes que podríamos topar, cruzar en las esquinas, divisar en los restaurantes y espiar por sus ventanas. Sin embargo, una vez que pasa la época de la facultad y de las fiestas de amigos, cuando uno va a la misma oficina todos los días y ya conoce a todos los prim@s solter@s de sus amig@s, las posibilidades se reducen. Los encuentros fortuitos en el supermercado, en el parque, el cine o los bares son raros; la gente sale en grupos, y el acercamiento se complica.

El enamoramiento en la era digital no se parece a los cuentos de hadas para adultos, ni a las películas donde el azar juega su mejor carta y los protagonistas se encuentran cruzando un puente o se tropiezan y se reconocen enamorados. No, esas son concepciones demasiado nuevas (aunque ya envejecidas). Los sitios de encuentro se parecen, aún más, a los arreglos matrimoniales de nuestras abuelas, donde uno busca el perfil de alguien según afinidades culturales, educacionales, políticas y sociales. Incluso, le pedimos al buscador, como si estuviéramos escribiéndole una carta a Santa Claus, que quiera hijos, sea profesional, no fume y le gusten las mascotas. El buscador del sitio trabaja incesantemente empatando perfiles, incluso cuando uno duerme. El perfil es además un esbozo, continuamente la gente lo modifica, lo edita, cambia la foto. Esto podría parecer un triste cálculo, si bien las novelas rosas son aún más fantasiosas y resulta más fácil ir a uno de los sitios de encuentros como Match, eHarmony, Mexican Cupid o Latin Love para conocer a alguien, que saliendo a la calle. Estos sitios han sido tan exitosos que algunos periódicos y revistas han incluido buscadores y una sección de encuentros en sus páginas virtuales.

Las redes sociales como Twitter y Facebook han ayudado a Cupido en su trabajo. En México el uso de las redes sociales creció 23% en un año, pasando de un uso de 32% en 2009, a 55% en 2010. Facebook permite encuentros con viejos conocidos, ex compañeros de escuelas o de facultad, o algún amigo de varios conocidos que aparece en las sugerencias con todo y foto. El Twitter, por su parte, es capaz de relacionar con más efectividad a dos desconocidos que comparten intereses, y seguir a alguien puede convertirse en otra metáfora de la obsesión amorosa. Los blogs también han sido testigos de matrimonio, pues algunos blogeros no sólo comparten ideas y opiniones, sino también sus estados de ánimo y abren su intimidad. El lector asiduo, y aún más si deja comentarios, se siente involucrado en la vida de la otra persona, al grado de imaginar una complicidad que podría revelarse inexistente o mal correspondida.

Además, el enamoramiento en la era cibernética no se reduce a las computadoras, se extiende a los teléfonos conectados a la red, a las cámaras digitales. Estoy convencida que lo digital ha transformado también nuestro lenguaje corporal, la manera de cortejar. Quizás, lo que no cambia es la intuición que podemos desarrollar sobre las personas, enamorarse en digital requiere la capacidad de leer entre líneas. Hay otros factores que pueden desmentir la emoción, como la supuesta “química” entre dos personas, que es capaz de deshacer de un soplo los castillos de magabytes en nuestra imaginación. El rechazo por vía digital puede ser muy doloroso, pues no es simplemente la indiferencia de un extraño, sino de alguien con quien se ha correspondido y quien quizás haya despertado emociones en nosotros.

Y sin embargo, hay historias muy bellas:

Intercambiaron más de doscientos cincuenta correos electrónicos antes de encontrarse en París. Ella, una mujer mexicana de más de cincuenta años, él, su contemporáneo, un hombre que vive en Australia. Se contactaron en Noche Buena, dos solitarios con muchos kilómetros de distancia. Se escribieron todos los días, se contaron sus vidas, intercambiaron música, copiaron poemas. Los correos se fueron haciendo cotidianos, familiares, indispensables. Se dieron cita en París, ciudad del amor y punto medio entre México y Australia. En un hotel de la rue Serpente se miraron por primera vez, o no, quizás miento, se habrán visto antes por Skype, o por fotografía. ¿se olieron por primera vez? ¿descubrieron el tacto del otro? ¿se probaron? No lo sé, pienso que en la escritura están los cinco sentidos, hay algo en ella de caricia. Iban en el avión de regreso cada uno a casa, soñando despiertos con el encuentro, con una vida en común. Pasaron dos días antes de la primera respuesta, la diferencia de horario con Australia no traducía la sincronía espiritual. Un mes después, ella viajó a Australia, a donde vive felizmente casada desde hace cinco años.

Sin embargo, no todos los enamoramientos digitales corren con la misma suerte. Muchos son sinónimo de desengaño, aburrimiento y desencuentros.

Conozco otra bella historia de una amiga de mi mamá que enviudó hace algunos años, una de sus amigas íntimas le pidió que le ayudara a redactar un mensaje en inglés para un sitio de encuentros extranjeros. Fue así como, sin haberse registrado con su nombre, conoció a su actual marido, intercambiando mensajes hasta que decidió ir a Ohio y encontrarlo personalmente. Se casaron en una barca sobre el río, ella invitó a sus hijos y quizás llegó también en espíritu, su difunto marido, para sonreírle a su nuevo amor. Porque finalmente, cuál es la frontera entre lo virtual y lo real. ¿Acaso la presencia no es también virtual?

8 comentarios:

aboaselvagem dijo...

me encanta, el texto, la idea, lo que rodea esto de la escritura como ejercicio de recuperación...
abrazo inmenso

Miriam Jerade dijo...

GRACIAS BRENDA. ME GUSTARÍA VERTE. ¿CUÁNDO? Y me debes una copia de tu ensayo de Clarice Lispector!!!

joana padrel dijo...

Muito bonito.As palavras como carícias.

Irad dijo...

Excelente reflexión, Miriam. Coincido en que lo digital ha modificado las formas de leer, escribir, hablar y hasta de enamorarse.

Saludos!!

sergio astorga dijo...

Miriam, una verdadera escritura aleatoria. Te felicito.

Escribir es desnudar y desnudarse, difícilmente puedes mentir eternamente cuando pasas la primera etapa de recrearte como personaje. Tu punto de vista es fino y en mi opinión exacto. Has sabido ver una forma más del encuentro. Te confieso que mi historia es similar, si no fuera por la venta de un cuadro (nunca vendido) yo no hubiera salido de la Ciudad de México.

Un abrazo online.
Sergio Astorga

Izaskun dijo...

Querida Miriam, de tu como siempre impecable artículo me quedo, por la cuenta que me trae con las reflexiones en torno a la escritura, a la persona y al personaje. Me gusta todo lo que dices. Y me preocupa. Me siento cada vez más real en el teclado y menos en las plazas.
Te echo de menos. Buscaré tiempo para algún privado.
Un abrazo,
Izaskun

Anónimo dijo...

Por un momento pensé que el texto abordaría la cuestión que plantea al principio: la escritura en relación con la virtualidad y eso del amor. Para mi sorpresa, se convirtió en el recuento, matizado acaso con gestos "eruditos", de un par de "bonitas" anécdotas amorosas. Sólo por invocar el nombre de escritores consagrados, un texto no se vuelve reflexivo.

Saludos

Marco

Miriam Jerade dijo...

Marco, gracias por tu comentario. En efecto, a mi me hubiera gustado que el artículo fuera más en esa línea pero desgraciadamente es para una revista para todo público y de hecho cortaron una buena parte de lo que publiqué aquí. Pero ya le ofrecí a Nexos un artículo en esa línea, a ver si aceptan. Por cierto, en el artículo no hay dropping names, y no toda referencia a autores implica una escritura académica o de reflexión (te volteo la tortilla)