Hace mucho que no escribo en el blog, desde Amsterdam quería escribir esta entrada pero los teclados Dautch no me inspiraban y la computadora la había olvidado en Paris con todo y los libros (¿deseo inconsciente de vacacionar?). He ido a Amsterdam cuatro veces pero solamente la primera vez visité los grandes museos, el
Reijkmuseum y al
museo Van Gogh. Y como la primera vez, como cada vez que es una primera vez; la fuerza del trazo furioso de Van Gogh y el movimiento de sus cuadros tocaron profundamente mi alma (si es que tengo alma, Van Gogh tenía una, sin duda). Hay una densidad en su pintura que es también gracia, terrenalidad y mística. En el Reijk me impresionó un cuadro de Rembrandt sobre Santa Ana, con la imagen de su madre, donde el rostro es una mano que lee. Entré por alguna ventana de Ver Meer, como la luz entra en la pintura, desde un punto muchas veces ciego para el espectador. Asomarse al cuadro como una carta que llega de improvisto e interrumpe al laúd para concentrar la complicidad de una mujer apasionada y su criada. O ese otro cuadro donde una mujer lee de pie una misiva y, sin embargo, el tiempo pareciera pasar de manera continua, sin sobresaltos. ¿Cuánto tiempo pasa o nos pasa mientras nos dejamos mirar por una obra de arte?
En Amsterdam leí algunas de las cartas que Van Gogh escribió a su hermano Théo, (están publicadas en Alianza). ¡Son hermosas! les transcribo un fragmento:
Estos últimos días, los días sombríos que anteceden a Navidad, ha caído la nieve. Todo recordaba los cuadros medievales de Breughel el Campesino y de tantos otros que han logrado expresar de una manera tan impresionante el efecto característico del rojo y del verde, del negro y del blanco. Lo que se ve aquí me hace pensar siempre en la obra, por ejemplo, de Thijs Maris o de Alberto Durero. Hay aquí caminos profundos, cubiertos de zarzas y de viejos árboles torcidos con raíces fantásticas que se parecen totalmente a ese camino de un aguafuerte de Durero: El caballero y la muerte.




8 comentarios:
¡Qué bello escribes, Miriam, y qué hondo! Nunca estuve en Amsterdam. No pierdo la esperanza. El primer cuadro justo hace de portada a un ensayo de Crosby sobre la medida de la realidad que habla del tiempo y el espacio en la sociedad occidental.
Un beso.
Feliz año, otra vez.
Me encanta este post que le da la bienvenida al año. No he leido estas cartas, pero me has llenado de ganas de hacerlo. Los cuadros de Vermeer que pones aquí, me transportaron a mis múltiples visitas al Frick, donde hay tres o cuatro Vermeers, y donde uno se puede pasar las horas contemplándolos. Un abrazo.
Gracias Izaskún. Ay Adela, ayer vi una película que me acordé tanto de ti, la nueva de Jane Campio sobre la vida de Keats. ¿ya la viste?
Abrazos.
Para mí hay algo mágico en ver las obras de arte en el lugar donde fueron concebidas, donde los artistas se inspiraron. Por las veces en que he estado en Holanda, lo considero un país inquietante y contradictorio (donde se entremezcla contención y frialdad, suavidad y frío, forward-thinking y altanería, tolerancia y protestantismo centro-europeo).
Uno puede iluminarse del sosiego de la luz de Vermeer en el paisaje de esa campiña, y arrebatarse con los trazos violentos de Van Gogh perdiéndose en los canales laberínticos de Ámsterdam.
Por eso, me encantó visitar esos museos, en su medio natural (del mismo modo que me disgustan ver momias y escribas egipcios en el Louvre de París).
Miriam, con tus palabras me has traído de vuelta las piruetas de pintura de Van Gogh, la luz de Vermeer, qué bonito cómo lo escribes.
hace como 1 mes vinieron a visitar unos amigos, se quedaron en casa... cuando se fueron nos dejaron una notita de agradecimiento y un catalogo de van gogh. todo el sabor de las texturas revivio en mi experiencia de mirar.
me maravillaron muchas cosas.
Patricia, justo cuando fuimos a ver los surrealistas pensamos que Paris se había vaciado de esa magia que ellos habían encontrado en la ciudad. Amsterdam sigue teniendo algo, pero creo que lo que los artistas ven, no es algo esencial a los lugares ni a las cosas, o lo es pero sólo lo captan algunas miradas. Estoy convencida de que en este Paris decadente museo de sus momentos de oro, y con precios exhorbitantes, no se hubiese dado ningún movimiento de los que surgieron aquí.
Karen, qué maravilla que el ojo recuerde sensaciones.
Abrazos a ambas.
En noviembre, en París, conocí yo a una viejecita que me dejó deslumbrado. Ella estaba de prestado en París, como yo. Parece que la viejecita aún se quedará unos meses en París.
Ay, yo también fui a la pinacoteca, quizás por ahí nos cruzamos...entre esas viejas iluminadas.
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